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La soledad y el aislamiento es otra pandemia que debemos revisar.

Por Paloma Navarro Nicoletti.
Las medidas de distanciamiento social establecidas por el COVID-19 han dejado algo en claro: el alejamiento es la salvación. Pero ¿Cómo cuidamos nuestra salud mental? En Japón crearon un Ministerio de la Soledad ¿Es esto lo que necesitamos?.


Es ineludible pensar cómo el encierro, el aislamiento y la falta de contacto estrecho afectó a nuestra salud mental. Por un lado, escucho cómo diferentes personas relatan su vida de pandemia en convivencia: cuentan que la intimidad y la tranquilidad son prácticamente nulas y que sus espacios de trabajo y ocio se han transformado en un sin fin de acontecimientos grupales, junto sus parejas, hijos, madres, padres y mascotas. Luego escucho a personas que han transitado el primer periodo de pandemia en soledad, donde la conexión con uno mismo y las reflexiones personales tomaron un gran protagonismo. Ellos cuentan que han llevado su cotidianidad a un estado un poco ermitaño, donde los invade una gran cantidad de inquietudes que solo comparten de manera virtual, entendiendo que la socialización tiene un límite: las pantallas. Algunas de estas personas han decidido por motus propio continuar con la búsqueda del silencio casi absoluto y la falta de interacción con otros cuerpos.“Hikikomori”: así se denomina en Japón a los solitarios que se retiran de todo contacto social para vivir aislados y en soledad. Este término comenzó a utilizarse con más frecuencia entre los jóvenes durante los últimos meses como consecuencia de la pandemia. Muchos de ellos se mudaron a sitios aislados de la sociedad o bien se recluyeron en sus casas o en una habitación. A este problema se le sumó la cantidad de suicidios que hubo en el país durante el 2020 (750 más que el año anterior). Y es por eso que el Gobierno japonés ha designado un Ministerio de la Soledad para abordar el cuidado de la salud mental.

Según este caso, y teniendo en mente que Japón no es Latinoamérica, nos preguntamos cómo el Estado cuida de nuestra salud mental y dónde hay que poner el foco luego de un año de aislamiento. Es por eso que Santiago Levin, presidente de la Asociación de Psiquiatría en Argentina, nos cuenta cómo puede afectar la soledad a nuestra salud mental, cuáles fueron las consecuencias más importantes del aislamiento preventivo y obligatorio y qué tan necesario es crear un Ministerio de la Soledad en países latinoamericanos.

VICE: ¿Cuáles fueron las consultas que más se repitieron durante el primer periodo de pandemia?

Santiago Levin: El primer período de la pandemia se caracterizó por excluir toda consulta que no estuviese relacionada con la COVID 19. Esto produjo serios inconvenientes en el tratamiento y seguimiento de todos los cuadros agudos y crónicos del resto del campo de la salud. Trastornos cardiovasculares, oncológicos, ginecológicos, y un largo etcétera quedaron sin atención inmediata o seguimiento, y lo mismo ocurrió con los trastornos mentales. Poco a poco se fueron normalizando las vías de atención, en la medida en que fuimos conociendo mejor al coronavirus y habituándonos a convivir con él.

En el terreno de la salud mental fueron muy importantes dos iniciativas: la tele atención y la receta electrónica de psicofármacos. Aunque no llegaron a todos los necesitados, su puesta en funcionamiento alivió muchísimo la situación inicial de desconcierto y de interrupción de tratamientos. Frente a la inminente segunda ola de la pandemia, estos dos instrumentos, junto a la experiencia adquirida, son de enorme utilidad.

¿Qué debería hacer el Estado para cuidar de nuestra salud mental?

En el largo plazo, la acción más importante sería el aumento del presupuesto destinado a la salud mental, crónicamente retrasado y colocado en segundo plano. Según organismos internacionales como la OMS, el presupuesto de salud mental debería ser, como mínimo, el 10% del presupuesto general de salud. Por desgracia, en nuestra región no alcanza a superar el 1,5%. Con un presupuesto adecuado, incontables iniciativas podrían ponerse en marcha tanto en el área de la prevención, como en la del tratamiento, siempre desde una perspectiva de derechos.

En el corto plazo, el Estado debería diseñar una cuidadosa campaña de comunicación social que ayude a comprender que la pandemia es un fenómeno colectivo, y que la colaboración de cada uno es indispensable para generar comunidad desde la solidaridad y el amor a los demás. Alcanzar la solidaridad de rebaño es tan importante como lograr la inmunidad comunitaria, si lo que se quiere es frenar la circulación viral.

¿En qué estado están las políticas públicas sobre Salud Mental en Argentina?

Se encuentran atrasadas, lo mismo puede decirse del resto de la región. En Argentina tenemos una ley muy interesante, que introduce la perspectiva de derechos en salud mental y también el nuevo paradigma social de la discapacidad. Más allá de sus defectos, que los tiene, el mayor problema con la Ley de Salud Mental es que no se cumple, y el principal deudor aquí es el propio Estado que la sancionó.
Como solemos repetir, la realidad no se modifica con leyes sino con políticas. En este caso, con políticas sanitarias serias, inclusivas, ampliadoras de derechos, acompañadas por el presupuesto que corresponde y por el respaldo político para poder plasmarlas.

Es inadmisible que entre 15 y 20 mil personas en nuestro país vivan en condiciones de internación en establecimientos de salud mental sin ninguna causa médica que lo justifique, únicamente por ausencia de dispositivos adecuados en la comunidad. Esta clara injusticia, que erróneamente es atribuida por algunos a la decisión de médicos o médicas psiquiatras, es solo responsabilidad del Estado, que falla en garantizar el derecho de estas personas a externarse y regresar a sus lazos sociales una vez que se supera la urgencia médica que motivó su ingreso en unidades especializadas.

¿Cuáles fueron las consecuencias del aislamiento como prevención de un posible contagio del virus?

Es muy importante distinguir entre aislamiento sanitario y aislamiento social. Son dos nociones completamente diferentes. Aislamiento sanitario es el que permite contribuir a aislar al coronavirus, microorganismo que se transmite de persona a persona por emanaciones respiratorias. Desde el inicio de la crisis sanitaria venimos aconsejando utilizar la expresión “aislamiento sanitario” en lugar del más utilizado “aislamiento social”, en razón de que la primera expresión alude a una acción de cuidado de la salud, y la segunda a un efecto indeseado de un sistema social y político que tiende a la marginación y alienación de la subjetividad. Queremos aislar al virus, no a las personas ni a sus subjetividades.

La diferencia no es menor, si formamos parte del conjunto de personas que cree en la importancia de las palabras y de las metáforas en la comunicación, y en el efecto que estas palabras y estas metáforas tienen en la construcción de comunidad, en la solidaridad y en la subjetividad.

Vivir en soledad durante un periodo más o menos largo ¿Nos puede afectar psíquicamente de manera negativa?

Entiendo que el tema de la soledad entró en nuestras agendas occidentales a partir de la impactante noticia de la creación de un Ministerio de la Soledad en Japón.

Para responder brevemente, yo diría dos cosas. Una, que no toda soledad debe ser connotada como negativa. Hay soledad sin aislamiento. Hay soledad que permite el reencuentro con uno mismo, la reflexión, la serenidad. No es negativa la soledad en sí misma. La soledad adquiere una tonalidad adversa cuando proviene de una situación de marginación indeseada, y allí estamos hablando de otra cosa. No tanto de la soledad sino del efecto de políticas que generan aislamiento, exclusión, marginación. Y en relación con el Ministerio de la Soledad, diría que para nuestra realidad se trata de un exotismo que mueve a la extrañeza. En Argentina existe una marcada escasez de viviendas, de modo que lo que podemos encontrar con mucha frecuencia es el hacinamiento: varias familias compartiendo una vivienda pequeña, sin las condiciones mínimas de confort y de salubridad que hoy por hoy son consideradas parte de los derechos humanos básicos. De modo que si hablamos del tema, en nuestra región deberían existir Ministerios de la Vivienda en lugar del inverosímil invento japonés, que en estas latitudes suena más a ciencia ficción que a políticas públicas.

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